Crónicas del barrio

La Laguna de Lezica

Arroyo-pantanoso-_colonEn el lugar donde la Avenida Lezica cruza con su viejo puente sobre el arroyo Pantanoso, fue un sitio para descansar a la sombra benéfica de sauces llorones y frondosos paraísos, o para beber refrescos en verano y bebidas fuertes en invierno.

También se podía pasear en bote, sobre las aguas mansas del arroyo Pantanoso, que es la principal corriente de las aguas pluviales que proceden del desague de las lluvias que caen en su cuenca.

 

También a ese arroyo acudían los pescadores de cañas, que extraían de sus aguas, bagres, castañetas, dorados, y mojarritas. Próximo a dicho puente, a principios del siglo XX, el Sr. Don Juan Leániz, que vivía en la margen izquierda de ese arroyo y tenía una cantera de piedra, que explotaba para la pavimentación de las calles y otras sólidas construcciones; conociendo dicho señor que ese sería un lugar apropiado para recreo de las gentes que visitaban la Villa, se le ocurrió la feliz idea de construir una represa para contener las aguas del arroyo, y transformarlo así en una grande laguna, levantando para ello en su cauce, - a unos ciento cincuenta metros distante del puente - , aguas abajo, un muro de contención con una esclusa de hierro en su centro, movible ésta en sentido vertical por medio de un torno que la hacía elevar o descender a voluntad, cuando querían detener o dejar escapar las aguas pluviales que corrían por su lecho.

Así obtuvo una hermosa laguna, la que ornamentó, plantando sauces llorones y álamos blanco en sus márgenes, y colocó también sobre las aguas un bote, que le llamaban “chalana”, para recreo de los que querían bogar; y , para remarlo contrató un botero, señor andaluz, conocido por Don Paco, hombre de edad provecta, fornido de cuerpo, de bigotes largos, y barba redondeada, mirada adusta, y de un “geniecillo” que según contaban las gentes – no aguantaba pulgas -, disimulaba la agriez de su carácter poniéndose a cantar o a hablar solo. (Unos renglones más adelante narraremos una anécdota, que lo pinta de cuerpo entero.) A mano derecha de quien camina hacia el Colegio Pío, en ese lugar que estamos describiendo,  junto al arroyo, don Juan Leániz hizo construir un Kiosco con material liviano, que fue el primer Bar que funcionó allí, y puso al frente para atenderlo, a uno de sus hijos llamado Manuel, que por varios años lo sirvió diligentemente. Ahora viene la anécdota del botero.

Una vez, varias señoritas que paseaban por la Avenida Lezica, al llegar junto al puente, se les antojó dar un paseo en bote, y para ello se dirigieron a Don Paco, con quien trataron el precio del pasaje; ¿cuánto nos cobra Don Paco por una hora de bote?  le interrogaron al fornido botero, y éste les contestó: “son cincuenta centésimos por cada una, pero como Uds. vienen en grupo, pagan la mitad cada una”. Las chicas aquellas aceptaron la oferta, y ascendieron al bote en seguida. El paseo comenzó con mucha felicidad y alegría, tanto que el piloto – sin decir nada – se puso a cantar un  “cante jondo” al estilo y tonada sevillana, y con la voz algo tembleque; ese cantar extraño y desentonado, hizo tentar de risa a una de las chicas, - y tanto – que no la podía reprimir, fue entonces, cuando a Don Paco  “se le volaron los pájaros”, y dirigiéndose a la risueña, le dijo: “¡quiere dejarse de reír mocita, mire que yo no estoy aquí para risas!” Al oír esta observación del botero, las otras compañeras también se tentaron de risa; entonces, Don Paco, pasando de las palabras a los hechos, dejó los remos, se paró poniendo un pie en un borde y el otro pie sobre el borde opuesto, junto a la proa de la chalana, y se puso a balancearse de un lado a otro, de babor a estribor, empleando toda su fuerza hasta que el bote empezó a hacer agua, tanto que , las pasajeras se asustaron, poniéndose a gritar : “auxilio , que nos ahogamos!”  y , Don Paco – indignado – volvió a remar, pero con rumbo al puertezuelo, y llegando allí, atracó el bote, lo amarró , y volviéndose a las infortunadas, les dijo : “aquí terminó el paseo, vayan a reírse a otras barbas, que la mía no está para risas”…después de esto, todo quedó tranquilo y silencioso, como las aguas de la represa.

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